Año nuevo a 1700 metros sobre el nivel del mar

Ya más de una semana después de que empezamos el 2011, vengo a contarles cómo celebré año nuevo. Spoiler: estaba a 1700 metros sobre el nivel del mar.
Lo habitual es pasar año nuevo en familia, pero este año decidí hacer algo que tenía pendiente hace varios años: pasar año nuevo con amigos.
Junto con Martina empezamos a reclutar amigos, sabiendo desde un principio que la mayoría no iba a poder porque no subirían ni a un segundo piso por escaleras por compromisos familiares.
En un principio íbamos a ser seis en total, pero finalmente terminamos siendo sólo cuatro (Martina, Martín, Tomás y yo). Un número razonable, después de todo.
Lo interesante es que fuimos a pasar año nuevo al refugio Frey.
Nos reunimos todos al mediodía en el centro, para tomar el 50. Fue algo interesante ver la reacción de todos mis compañeros de trabajo cuando aparecí con una mochila cargadísima y vestido más para ir a la montaña que para un día de trabajo.
Tras mi primer viaje en colectivo como mochilero, arribamos a Los Coihues, desde donde caminamos unos dos kilómetros para llegar -recién ahí- al comienzo de nuestro camino.

La caminata

Partimos de un sendero bastante concurrido por familias locales y otras criaturas turistas. Llega un punto en este camino donde los turistas y manadas de seres humanos dejan de aparecer. Este punto coincide, curiosamente, con el punto donde el camino empieza a tener algunas subidas.

Empezando nuestra caminata.

Atravesamos todo ese primer tramo de bosque, ya deseando que la tortura termine, y pasamos a recorrer un tramo descampado, con muy pocos árboles, y muchos arbustos y plantas bajas. Aquí hay muchísimas margaritas y otras plantas interesantes (en serio, es lo único interesante).
A esta altura (una hora, quizás) ya transpirábamos como en un sauna teníamos bastante calor, y estábamos en compañía de los malditos tábanos. Justo cuando nos aproximábamos a la zona donde empezaba el bosque nuevamente, empezó a lloviznar. El clima venía amenazando desde hacía dos días, y sabíamos que podía llegar a llover (íbamos a subir de todas formas).
La llovizna no duró mucho, pero ya entrados en el bosque nos sirvió para refrescarnos un poco mientras tomamos una breve merienda. En este punto, Martín un integrante del grupo quiso que nos derivemos a Playa Muñoz (a miserables 800 metros de donde estábamos) en vez de subir todo lo que faltaba hacia el Frey. Sus intentos de desviarnos fueron vanos.
En este momento nos cruzamos con tres caballos primero, y segundos después con dos hombres a caballo. De su fugaz paso, nos quedarán en la memoria para siempre las frases “se los van a comer los tábanos” y “feliz año” (hey, a que nunca les dijo “feliz año” un hombre a caballo en el medio del bosque mientras comían una barrita de cereal…).
Un árbol tomando sol en el bosque

Continuamos nuestro camino por este bosque, caracterizado por su abundancia de árboles (qué sorpresa!) y caña colihue. La dificultad del camino se empezó a hacer notar en este punto. Subidas abruptas que parecían no terminar, y más subidas abruptas que terminaban pero sólo para dar lugar a otras subidas abruptas. La pasamos bomba.
Más adelante, el camino se hace angosto, y tuvimos que caminar al borde del precipicio. Aunque suena a Indiana Jones, no era tan riesgoso — simplemente, no había mucho lugar para caminar. Sólo un idiota caería por ahí.
Y así arribamos a un puente que pasa por encima del arroyo Van Titter (me acuerdo del nombre porque, como dijo Tomás, se parece a Twitter). Excelente sitio para descansar de la misma forma que hicimos cada veinte metros durante todo el trayecto. Martín y Tomás ya nos habían adelantado para entonces. La llovizna iba y venía.
En realidad no tengo buenas fotos del puente

Nos refrescamos con el agua del arroyo y continuamos un tramo más, hasta llegar a un refugio que está justo antes de la parte jodida la última parte del recorrido. En este refugio generalmente se para a descansar y comer algo.
El último segmento no es muy pronunciado, pero sí el más difícil porque alterna senderos de bosque con caminos llenos de rocas (y barro, en ocasiones). La vista en este punto es muy linda. Las ganas de suicidarse también.
Ladera del Cerro Catedral, vista desde el camino al Frey

Finalmente, antes de llegar al refugio, hay que cruzar un río lleno de pirañas un arroyo. Generalmente es fácil cruzarlo, ya que hay piedras que sobresalen. Esta vez, supongo que por las lluvias, el arroyo estaba crecido. Resultado: me mojé casi hasta las rodillas, dos veces (una vez por mí, la segunda vez por ir a buscar la mochila de Martina que estaba cagada hasta las patas no sabía cómo cruzar).
Nota: mi pantalón de secado rápido, no se secó rápido. De hecho, no me lo pude poner hasta el otro día.

El campamento

Llegamos a la laguna Toncek (en cuya costa se encuentra el refugio Frey) y nos dimos cuenta de que no éramos los únicos que teníamos pensado pasar año nuevo en el Frey:

Algunas de las carpas que había instaladas alrededor de la laguna

Nos tomó un rato encontrar un lugar. Martín y Tomás habían instalado su carpa en un lugar decente, pero un hijo de puta otra persona se instaló al lado impidiéndonos compartir el sitio. Al final, resolvimos hacer lugar entre las piedras y acampar ahí. Eso implicó acomodarnos entre grandes piedras, muy justos (la carpa no quedó del todo estirada), y dormir con pendiente.

El brindis

Cuando fui a hacer las compras, antes de salir, compré una cerveza Otro Mundo. Además, tenía un licor delicioso en casa. Eso sin contar una sidra, y el champagne que estuve a punto de comprar. Pero armando la mochila me encontré con que no podía ni levantarla, y tuve que dejar atrás todo esto.
Finalmente, la mesa de año nuevo consistió en garrapiñada y budín marmolado; Martina y Martín brindaron con agua del arroyo, Tomás con kalimotxo (todo un lujo) y yo con café con crema. Pero permítanme aclararles algo: mi café con crema no tenía crema de leche, sino crema de manos. Martina guardó el café instantáneo en un recipiente que otrora fuera un feliz pote de crema humectante. Conclusión: esa noche dormí con el estómago humectado.

El brindis de fin de año, a la luz de un farolito a pilas

Mientras nosotros brindábamos humildemente unos cincuenta metros más abajo, en el refugio, se dieron un banquete digno de fin de año (cordero al romero como plato principal, y muchas otras cosas ricas). Perdí la cuenta de cuántas veces gritaron “feliz año nuevo!” y brindaron.
Lo que si recuerdo perfectamente y creo que marcó la noche, fue un episodio con un hombre de habla inglesa. Se aproximó a nosotros poco antes de las doce, y el diálogo fue algo así (no alteraré los idiomas):

Extranjero: Hola, ehm… nosotros vamos a … encender … [gesto de encendedor] firecracker
Zim (colgado): Encendedor? No tengo.
Extranjero: No, no… ehm… fuego
Tomás: ¿Usted habla inglés?
Extranjero: English, yeah. We are going to blow something over there.
Yo: Like… fireworks?
Extranjero: Hmm… like… explosion.
Nosotros: Ok, no problem.

Para los que no cazan una: nos dijo que iba a volar algo, y no eran fuegos artificiales precisamente.
Esperamos un poco, y no pasó nada. Nos causó gracia, y como no pasó nada seguimos con lo nuestro. Pero pasadas las doce, cuando todos habían brindado y veíamos algunos negligentes agitar estrellitas, escuchamos una voz que gritaba desde más abajo “aaa-ten-cí-oon”. Un segundo después, escuchamos una explosión muy fuerte, y tras un breve silencio el eco de la explosión que volvía de la montaña. Impresionante!

Nos fuimos a dormir, alrededor de la una; en el refugio todos seguían de fiesta (había música y luces, todo un despliegue de tecnología a veinte kilómetros de la civilización).
Al día siguiente, el sol nos levantó cerca de las 8: había tanta luz que se sentía como si fuera mediodía. Una pesadilla!
La calma que había en el lugar nos dio la pauta de que la fiesta de la noche anterior se había extendido hasta tarde.

Los alrededores de la laguna

Buscando la sombra de forma casi animal, terminé de alguna forma emprendiendo una caminata alrededor de la laguna con los chicos. Yo quería ir hasta una piedra que se veía a lo lejos. El terreno estaba bastante húmedo, lo cual dificultó bastante nuestro paseo. Súmenle la insufrible presencia de los tábanos, nuevamente.

Los chicos bordeando la laguna (yo claramente me había desviado hacia el agua)

Fuimos bordeando la laguna y luego un arroyo de deshielo que la alimenta. Les conté que el agua de deshielo es fría, no? Desafiando a la madre naturaleza, cruzamos el arroyo y nos acercamos a la piedra. No tenía nada extraordinario, al fin y al cabo era una puta piedra, pero aprovechamos el lugar para sacar varias fotos.
Tomás y Martina presentando a La Piedra

Pegamos la vuelta por el otro lado de la laguna, pasando por manchones de nieve vieja.
Los chicos caminando por la nieve

Yo por mi parte aproveché la oportunidad para hacer bolas de nieve y tirárselas a los chicos. Mi puntería mejoró respecto al invierno, y Martina no tuvo tanto calor.

El refugio (y la gente)

Por la tarde fuimos al refugio y nos pedimos unos licuados de banana que estuvieron muy buenos. La gente del refugio es amable, los precios razonables considerando dónde está el refugio. Pero vale la pena visitarlo, es un lujo como refugio de montaña.
No pasamos la noche ahí, pero sí volvimos antes de emprender la vuelta a por unos chocolates calientes.

Tomando un chocolate con Martina

La noche y la tormenta

La segunda noche en el Frey fue un poco más complicada. Ya en las últimas horas de la tarde el cielo se había oscurecido (como dijo un turista, se venía Sauron), y aproximándose la noche se largó un chaparrón acompañado de vientos moderados. Todo esto sazonado con la magnificencia única del ruido de los truenos a lo lejos, junto al silencio de la montaña. La lluvia iba y venía, amenazando con quedarse. Martina no quería tener una mierda que ver con cenar en la carpa con ese clima, así que bajamos al refugio a cenar ahí junto con Tomás (Martín ya se había ido al mediodía). Teníamos comida, pero considerando que iba a estar fresco a la noche, pedimos una pizza en el refugio para cenar algo caliente. Compartimos nuestra cena junto con un guía de montaña de dudosa confianza, un montañista chileno y varios otros aventureros más que estaban ahí, al reparo del agua.

Tras una forzada sobremesa en el refugio, dilatando lo más posible nuestra vuelta a la carpa, levantamos la mesa y salimos a enfrentar el clima.

No tengo fotos de la noche, ni de la lluvia, ni de la pizza - así que les dejo una foto de cómo se veía el interior de la carpa, vista desde el techo (linterna-visión™!)

No voy a decir que fue nosotros solos contra la naturaleza, pero sí podría decir que fue nosotros contra la carpa contra la naturaleza. Me explico: la carpa se agitaba con el viento como si estuviéramos acampando atrás de una turbina de un Boeing 747 a punto de despegar, Martina tenía los ojos como platos, la lluvia golpeaba la carpa y cada gotita se escuchaba en dolby surround. Una vez acostado, yo estaba cerca de un lado de la carpa. Aún recuerdo vívidamente cómo el plástico de la carpa me abofeteaba continuamente, gracias a la puta madre naturaleza al viento.
Pero todo eso se vio recompensado la mañana siguiente. Abrí la entrada de la carpa, y fue exactamente esto lo que vi:
Impagable — La vista desde la carpa

El regreso

Nos levantamos (temprano, porque el sol siempre sale temprano) , y empezamos a desarmar la carpa. Nuestro plan era bajar a desayunar al refugio, pero Tomás subió informándonos que ya era tarde (creo que hasta en McDonald’s se puede desayunar hasta más tarde). Le sacamos media tonelada de arena, migas y otras partículas que no llegamos a identificar a la carpa, y la guardamos (mojada). Armamos nuestras mochilas, y ya listos para salir bajamos a tomar el chocolate que les comenté anteriormente que tomamos. Cargamos nuestras botellas con agua y empezamos el descenso. Voy a obviar la parte en la que crucé tres veces y descalzo el arroyo congelado.

Se sentía mucho mejor llevar casi el mismo peso, pero en bajada. Igualmente, es cansador bajar la montaña. Uno hace fuerza con todos los músculos que no utilizó para subir, por así decirlo. Así volvés completamente hecho mierda, y parejito. El día estaba bastante mejor, pero seguía nublado. Nos detuvimos a almorzar, alrededor de las tres de la tarde, en el refugio Piedritas.

Almorzando a medio camino

Continuamos caminando mientras planeábamos ir a tomar unas cervezas cuando lleguemos. En un momento nos detuvimos a descansar, y Tomás siguió caminando. Lo perdimos hasta el final del recorrido!
En el medio del bosque, nos agarró la lluvia. Empezó leve, y se hizo bastante fuerte, al punto de tener que ponerle los cobertores impermeables a las mochilas. Usando mi gorro y los anteojos de sol, no sentí el agua y viajé fresco el resto del camino.
Nos cruzamos con varias personas que subían, cansadas. Un hombre directamente no nos contestó cuando le dijimos “hola”, simplemente levantó la mano (no creo que haya llegado arriba vivo). También nos cruzamos con dos turistas que venían bajando en bicicleta. Se ve que no habían salido nunca de su departamento ni por las escaleras, porque la mujer descendía clavando los frenos, y se bajaba de la bicicleta con cada ramita que había en el camino, una maricona.
Parte del camino (foto sacada a la ida)

Lo encontramos a Tom sentado al final del camino, esperándonos con un callo en la mano (eso le pasó por usar una caña como bastón).
De ahí nos volvimos a Los Coihues, nos tomamos el colectivo, y volvimos a la civilización casa.
Terminamos la noche con una reunión en La Cruz, tomando unas cervezas y comiendo tacos de ternera.
¡Feliz 2011!
 

  • Quiero ir a ese lugar donde hay muchas margaritas! Cuando visite Bariloche por favor me llevan ahí y si no… me llevan igual. Gracias :)

    Qué lindo haber empezado el año en ese lugar hermoso. Excelente relato, Gregory!

  • Aylin

    que genial :D me mató lo del café jajaja xD

  • Martina

    No te olvides del Hantavirus. La caña colihue está floreciendo, muchachos, PRECAUCIÓN.

  • Martin

    jaja buena descripcion! pero bien que a vos si te habia gustado la idea de desviar a playa muñoz :P

  • vaL

    Siempre es un placer leer cómo redactás tus andanzas, desde una simple merienda (el otro día le leí a mi vieja la de Mamuschka jaja) hasta el hermoso y atípico festejo de año nuevo que tuvieron :) Les das ese toque de humor zimeano (¿?) -“Un árbol tomando sol en el bosque”- que tanto me agrada!
    ¿Por qué esta vez no hicieron matanza de tábanos? xD
    Hasta tuvieron el refresco de una llovizna que por suerte no llegó a ser lluvia! Lo más parecido en mi vida que tuve a eso fue bajar corriendo por una sierra cordobesa con una llovizna que casi era lluvia, la sensación fue maravillosa.
    Como siempre digo, este tipo de experiencias son las que me hubiera gustado vivir en incontables ocasiones de mi vida, pero lamentablemente no he nacido en –lo que yo considero- una bella geografía. Esta llanura aburrida, monótona, ¡por qué nací acá habiendo tanta belleza sobre este planeta! Whatever…ahora al menos voy a tener un poco de paisajes bellos aunque sea por unos días ^^
    Si yo hubiera podido elegir, también hubiera elegido mil veces un brindis con amigos con ese paisaje tan lindo de fondo tomando agua del arroyo o café con crema humectante , y no lo hubiera cambiado ni por toda la comida ni alcohol de año nuevo del mundo!
    Con esa vista al despertar podría tolerar unas cuántas noches de tormenta! :)
    Me gustó haber leído sus andanzas Zim! Juntaré fuerzas para poder hacer algo parecido con Caro cuando vayamos (si es que para llegar no hay muchas posibilidades de perderse por el camino…)
    Saludos a LA piedra!

    Te regalo una canción ^^
    http://www.youtube.com/watch?v=U66ZBGaGd1I&feature=related

  • V

    ¡Excelente artículo!

    Me encantó, y me vendiste Bariloche como hace bastante tiempo no me pasaba.

    ¡Larga vida de explorador!

  • Tía

    Buenísimo!!! Imposible evitar tener ganas de salir corriendo para el refugio.