A menos de cuatro días, nadie compró regalos para navidad. Los que ya compraron un regalo, era porque lo tenían pensado de antes y no sabían cuándo regalarlo. El problema más grande para regalar suele ser que no sabemos qué regalar, o a quién. Hay personas que se conforman con un juego de naipes o una lata de cerveza. Otras pretenden el mejor vino, o cosas de oro. Los más fáciles son los niños (la clave está en el envoltorio*). Los más difíciles, son los tipos avejentados, a los que nada les viene bien: si les regalamos algo caro, porque gastamos demasiado; si les regalamos algo barato, porque somos miserables; si les regalamos algo hecho por nosotros mismos, tendrá algo para criticar; y si no le regalamos nada, se quejará -obviamente- porque no le regalamos nada.
Al margen de este problema social (me gusta pensar que navidad es culpa de todos — y me gusta usar la palabra social), quería dejarles algunas ideas para que después no digan “ah, pero no sabía que regalar”.
• Alcoholímetro: Es útil para cualquiera. Si beben, pueden intentar usarlo. Si no beben, pueden intentar que sus buenos amigos bebedores pasen la prueba, y reirse de ellos.
• Celular
No regalen celulares, por el amor de Dios. Ya todo el mundo está regalándose celulares, y nadie, nadie está contento con la batata que le regalaron. Un celular es como el cepillo de dientes, es personal, y hay que elegir el que a uno le viene cómodo.
• Hisopos (cotonetes): Nadie se anima a regalarlos, pero si queremos escucharnos -aunque sea en la cena de año nuevo-, puede ayudar.
• Frutas USB: Ningún buen amigo regalaría esto, pero qué importa, es original. Pendrives en forma de sandía o frutilla!
• Un reloj despertador: Nunca sobran. Siempre necesitamos ese ruidito molesto que nos despierta de mal humor! Pero es tan miserable que nadie se anima a regalarlo.
• Un lingote de oro: Todos hablarán de ese regalo. Hay que conseguir una forma de escapar del país una vez tomado el préstamo para comprarlo. Sirve como pisapapeles. Y creo que para golpear a alguien en la nuca.
* Resulta que cuando somos chicos sabemos que en las cosas mundanas (los regalos) lo de afuera es lo que importa, y de las que realmente valen (las personas) lo que importa es lo de adentro. A medida que crecemos, esto se invierte.